Frágil.

Hay momentos en los que me pongo a pensar.
Me pongo a pensar en lo frágiles que podemos llegar a ser.
Frágiles tapados en una máscara de acero muy oxidable.
Y es que somos frágiles.

Frágiles;
Porque una caricia puede acelerar el latido de un corazón sin entender nada.
Porque nunca 45 minutos de un viaje se pasaban tan rápidos.
Porque una mirada de “hasta mañana” venía acompañada de un “pero qué coño me pasa” una y otra vez, uno y otro día.

Frágiles porque un beso lo puso todo patas arriba, nunca mejor explicado, nunca mejor dicho. Patas arriba.

Frágiles porque hay palabras que duelen, que al recordarlas arden pero hay silencios capaces de montar una nueva guerra.

Porque las palabras pueden doler, pueden hacer que todo se vaya a la mierda, que todo deje de existir pero es que los silencios… Ay los silencios.
Los silencios crean dudas, incertidumbre, miedos, pensamientos equivocados, pánico, temblor inexplicable, cosas que no son o que claramente lo son, porque no pueden ser otra cosa, ay los silencios…

Y es que en el mundo de los silencios podemos sacar un máster, doctorado y todas las titulaciones de mierda que haya por ahí.

Frágiles porque en esto de la razón nunca se llega a buen puerto.

Frágiles en una carretera repleta de baches.

Hay momentos, tal vez siempre que me siento, me pongo una playlist con extra de sal en las heridas y que empiece el juego de las letras.

Como dije antes, me he puesto a pensar y queriendo o sin querer siempre lo hago sobre ti.

-Enrique Gómez-

Lluvia

La lluvia cae sobre la ventana y me he puesto a imaginar.

Cuando el agua golpeaba su cuerpo y eran mis manos escudo impermeable en esos pechos perfectos, dices que son pequeños pero pequeños son los besos que se dan en beso o verdad.

Cuando llegaba el momento de abrir la puerta de esa habitación que sabíamos que iba a ser el único testigo de lo más bonito que pasa cuando dos cuerpos y dos almas están destinadas a unirse, porque el destino no entiende de cabeza ni corazón.

He visto llover por la ventana y no he podido evitar imaginar todas las ventanas que nos han sentido gemir, gritar, reír, llorar y susurrarnos que queremos más, que nos queremos aún más.

Y es que resulta efímero.

En efímero se convierte todo lo bueno.
Ese beso intenso.
Ese abrazo polar.
Esas palabras acostados en la cama.
Esa caricia por detrás.
Esa dilatación de pupilas al ver su cuerpo desnudo.
Esa sonrisa al decir; ven aquí.

Qué efímero resulta lo bueno y qué duradero es el dolor, el echar de menos.
Dura más que un comprimido de liberación prolongada en un cuerpo repleto de ansiedad.

He visto la lluvia golpear en mi ventana.
Golpea como tus manos cuando agarran mi pecho.
Como mis manos cuando te agarran el culo.
Como esa ropa interior que nunca vi porque acabó estampada contra el techo.

He visto la lluvia caer sobre mi ventana y no he podido evitar escribir.

Porque veo caer la lluvia y te imagino con mi camiseta como pijama pidiéndome un capítulo más que es temprano y aún llego a trabajar.

Jodida o bendita lluvia.

-Enrique Gómez-

Jaque mate.

He pedido tiempo muerto en mitad de una partida de ajedrez.
Porque estás a un paso de hacerme jaque mate y aún no estoy preparado para ver al rey tumbado sin su reina.
Dame un tiempo muerto para leer el modo de uso de esto que se llama amor.

He pedido tiempo muerto en una partida a medio acabar porque mi mando se ha quedado sin batería y tengo las de perder.
He pedido pausa en una película que avanza a doble velocidad.

He pedido tiempo muerto en mitad de una partida de ajedrez porque se me ha olvidado si el peón podía follarse a la reina o quizás la reina solo tenía ojos para el rey.

He pedido tiempo muerto pero me he saltado un stop en un cruce de la muerte, por esto de la adrenalina, de saltarse las normas que al final es lo que siempre se me ha dado bien.

He pedido pausa en mitad de un concierto porque joder, tampoco tiene que cantar todas las canciones que hablen de mí.

He pedido una copa sin recuerdos pero cada copa venía cargada, acompañada de alguno y cada vez más intensos y por eso pedí tiempo muerto en mitad de una copa, tiempo muerto para recrearme y creérmelo todo.
Como si Pinocho creyera sus verdades o como si en Matrix supieran en qué realidad están.

He pedido tiempo muerto en mitad de un recital de poesía para gritarle al autor que eso no fue así, que primero llegó la caricia y después llegó el beso, jodido autor que no se aprendió la historia.

He pedido pausa en mitad de la M-30 a las 14:03 porque me ha parecido ver su coche así como a 10 kilómetros y me he tenido que bajar y correr para ver si lo hacíamos juntos, el correr o el corrernos, no lo sé.
Me he “liao”.

He pedido pausa a mi cabeza, pausa para que por lo menos, en cinco minutos cambie el tema monótono que corre entre las conexiones de esas putas células grises que lo llevan a todo el cuerpo y cuando llega al pecho, lo encoge y joder, como escuece.

He pedido pausa en mitad de una partida de ajedrez.
Para leerme su manual de uso y ver qué pasa después de un jaque mate.

Y joder.
Pausa.
Tiempo.
Muerto.

(no) jaque mate.

Que si quieres, te invito a un mate.

Y lo que surja.

-Enrique Gómez-

Frases.

Poner la música que más raja por dentro.
Poner esa película en la que aparecemos.
Poner la mesa para dos.

Pon el vino en la nevera que voy para casa.
La cena está preparada.
Faltas tú.
Qué tal te ha ido el día.

Te hago el desayuno que hoy salgo antes.
Yo saco al perro.
Haz la cama que yo le doy al baño.
Follamos antes de ir a trabajar para ir relajados.

Duchate primero.
Te espero en la cama.
Avísame al llegar.
Gasta cuidao.

Frases que llegan dentro.
Frases que atraviesan hasta la pantalla del móvil.
Frases que al cerrar los ojos parecen real.
Frases que hacen sonreír hasta en días de mierda.
Frases que se han repetido una y otra vez y no nos damos ni cuenta;
que no hace falta decir te quiero para querer.

Que no hace falta.
Que me haces falta.

Frases que al final, más que frases son vida.

Frases que duelen tanto como un puñal a pleno corazón.

Frases que sin más no son nada pero contigo, lo son todo.

Frases.

-Enrique Gómez-

(re)cuerdos.

He abierto la caja de los recuerdos.
Esos que nunca se fueron.
Y lo que no sabía es que esta caja tiene más secuelas que una pandemia mundial.

Lo que no sabía era que esta caja, me tiene con un síndrome de abstiencia de un par de cojones.

He abierto la caja de recuerdos.
Los que hacen reír cuando después de un polvazo empezamos con un.. “te acuerdas..” y lo demás son carcajadas o viajes bajo un nórdico a 50 grados a la sombra.

He abierto una caja imposible de cerrar.
Porque esa canción.
Ese gesto.
Esa palabra.
Ese icono.
Ese olor.
Ese sabor.
Todo hace que el recuerdo aparezca en modo tsunami.

Y es que no hay lugar donde los recuerdos se hagan efímeros.

No hay kilómetros de distancia capaz de evadir ese fenómeno paranormal, esa adicción, esa necesidad.

Y es que a veces me pregunto, ¿cuántos son los kilómetros que hacen falta para enamorarse?
Y efectivamente, nunca llego a una respuesta, yo que a veces tengo respuesta para todo… Nunca la tengo para esto.

He abierto una caja que hasta la de Pandora fue poca cosa en comparación con esta.. Porque esta caja está cargada de risas, caricias, besos, palabras, historias para no dormir, miradas, sexo en todas sus versiones, peleas, reconciliaciones, abrazos y despedidas amargas.

Jodida caja de los recuerdos qué fácil es abrirla pero qué imposible resulta cerrarla.

Y es que cuando nos juntamos… Somos de todo menos dos (re)cuerdos.

-Enrique Gómez-

Ha caído la noche.

Ha caído la noche y con ella el cielo se ha llenado de estrellas.
Esas; que al mirarlas desde el suelo forman tu nombre.
Esas; que en mitad de un polígono hacen magia.

Ha caído la noche y el frío invita a un abrazo de esos que crujen hasta la última de las costillas, de esos que atraviesan el alma, de esos que vienen acompañados de un beso lento, sentido, suave, de una mirada a esas pupilas dilatadas y una sonrisa porque e(re)s pura medicina.

Ha caído la noche, se encienden todas las luces de la ciudad y ahí estás, semidesnuda sin decir nada; solo mirando a un horizonte iluminado, a una ciudad que grita amor y ahí estoy yo abrazandote por la espalda como si de dos putos imanes se tratasen, dos polos opuestos que al final se acaban atrayendo. Lo dice la física, de la química mejor ni hablamos.

Ha caído la noche y la música empieza a sonar, esa guitarra desafinada, un cantautor dejándose la voz y unos versos en braille sobre la espalda.

Ha caído la noche y me he tocado.
Me he tocado las cicatrices hasta el punto de volver a abrirlas.
Me he tocado las heridas que nunca cerraron.
Me he tocado los recuerdos que jamás he olvidado.
Me he tocado y has sido protagonista de una aventura algo efímera.

Ha caído la noche y con ella he caído yo en picado en un mar de recuerdos y con todas las cicatrices a flor de piel.

Limón y sal para mis heridas, del tequila ya lo hablamos.

-Enrique Gómez-

Diente de León.

He soplado tantos dientes de león que me he quedado sin aire en los pulmones para soplar las velas que nunca estuvieron en esa tarta de cumpleaños.

He gritado tanto que Munch debería pintar para mí.

He creído ser gigante cuando he sido enano en un mundo de gigantes y he sido aplastado, fulminado.

Me he subido en un metro a ninguna parte, con parada en una ciudad que lleva su nombre y un callejón que huele a sexo salvaje o romántico según quieras oler.

Me he perdido entre una multitud de iguales donde el único que nadaba contracorriente era yo y es que quería huir de la similitudes, de las modas de mierda, de los tupés absurdos y los pantalones pitillo.

He escrito tantas palabras en silencio que ahora los dedos escriben solos y me da miedo que sea el corazón y no la razón quien escriba todos los textos; porque en una batalla a corazón descubierto tengo todas las de perder, es como si David se enfrenta a Goliat pero esta vez sin esa misma suerte.

He roto silencios incómodos, salvo ese cuando te preguntan, “oye, ¿qué te pasa?” y tú no sabes por donde empezar el cuento y decides no abrir la boca, sonreír y negar con la cabeza. Todo está bien.

Me he convertido en ese actor que olvidó su guión y ahora se encuentra en mitad de una escena con esa chica enfrente y no sabe si tiene que acercarse y morderle la boca hasta que sus cuerpos lleguen a estado de ebullición o tal vez lo que tiene que hacer es darse la vuelta y correr hasta quedarse sin aliento. En esto de las decisiones siempre me equivoqué.

Y es que he soplado tantos dientes de león que ahora no sé cuál es el deseo que quiero que se cumpla.

O mejor, que se cumplan todos.

-Enrique Gómez-

Soy.

Soy tormenta en pleno desierto.
Soy cometa en un mar de dudas.
Soy como ese astronauta viviendo sin gravedad cero, sintiéndose extraño, sintiéndose diferente.

Soy un despertar sin buenos días, sin ganas de hablar, solo de sentarme, coger la taza con el café de la noche anterior y disfrutar 5 minutos de la puta calma que hay en la calle a las 6 de la mañana.

Soy el antagonista de la palabra sociable y es que dicen que los amigos se cuentan con la palma de una mano; pero para qué necesito eso, si primero tendré que aprender a cuidar de mí mismo.

Soy complicado, más que ese puto mueble de ikea con las instrucciones dignas para un ingeniero.

Soy una montaña rusa, capaz de reír y estar en lo más profundo de la mierda en menos de 5 segundos. Capaz de querer y odiar en una misma frase. Capaz de todo y de nada.

Soy ese verbo mal conjugado, el adverbio equivocado, el adjetivo descalificativo y el sustantivo más abstracto que pueda existir.

Soy la excusa perfecta para todos los problemas.

Soy el desliz.

Soy el accidente.

Soy la colisión en mitad de la M-50 parando vidas y siendo el lastre de esa familia que quería llegar a tiempo.

Soy esa vía de escape, esa salida de emergencia, ese orgasmo entre cuatro paredes.

Soy el crimen.

Soy el asesino y la víctima.

Soy todo y nada;
esa pesadilla constante.

Pero no pasa nada, porque al final siempre suena la alarma y la pesadilla; acaba pasando.

-Enrique Gómez-

Me dedico.

Me dedico a unir letras en una hoja en blanco porque es lo único que se me da medio bien; aunque casi siempre es más mal que bien.
Me dedico a unir letras hasta formar palabras, enlazar palabras con espacios y espacios con silencios que hacen más ruido que un concierto de rock pre-pandemia; porque ya todo es pre o post-pandemia, jodida moda.

Me dedico a mirarme al espejo y ver todos esos complejos; el monstruo del armario pidiéndome la independencia porque ya está cansado de estar ahí. La manía de evitar soltar la mano fuera de la cama por si alguien la coge y dejar una luz pequeña en la mesita de noche por si el pánico aparece, siempre por si.

Me dedico palabras para intentar sonreír en mitad de una guerra mundial pero hay días que ni el peor de los chistes es capaz de arrugar la comisura de los labios.

Me dedico a dar saltos en el pasado y al futuro pero siempre me olvido que entre medias está el presente y así voy, en una cuerda floja entre la depresión y la ansiedad camuflada en una careta de tipo duro, frívolo y sin escrúpulos, porque es lo que yo he querido crear, mi pequeño Frankenstein.

Me dedico a intentar saltarme las reglas, porque el juego sin reglas es más divertido. Jugar un partido de fútbol donde reventar una espinilla no sea sancionable, follar hasta ese punto de no saber si es un polvo o una paliza, jugar hasta con lo más prohibido, el ombligo.

Me dedico a arrancarle las hojas a los tréboles pero tengo la manía de empezar cantando “No me quiere” y puto capricho del trébol que siempre acaba de la misma forma que empieza, odio los tréboles de 3 hojas porque el de 4 aún no lo he encontrado. Me encanta el 4 o a 4, sobre todo si es contigo.

Me dedico a enlazar letras hasta formar palabras en un espacio reducido, en una hoja  con unos carácteres limitados; al menos son más de 180 como en Twitter. Putas redes sociales que yo, sin ser pescado, he acabado enredado y ahogado entre ellas.

Me dedico a todo y al mismo tiempo a nada, hipocresía de un poeta (por llamarlo algo) frustrado.

-Enrique Gómez-

Palabras al viento.

He escrito tantas palabras al viento que podría simular un vuelo a ninguna parte.
He lanzado al mar letras desordenadas a esperas que llegue una ola y ordene mi desorden.
He subido tantas escaleras que he llegado a lo más alto del edificio.
Me he sentado en el bordillo de la terraza y he visto lo insignificantes que somos; puntos a más de 100 metros de altura, sombras que se cruzan, miradas que atraviesan, sonrisas que hablan y caricias que sin decir nada no paran de decirlo todo.

Me he sentado en un banco de la Gran Vía y he visto cómo los guiris preguntan por un musical, una pareja se pelea por un like y otros se meten en un callejón a follar.

Me he paseado por el acantilado y he visto un funambulista jugarse la vida sin miedo a perderla, porque ya, lo ha perdido todo.

He visto a un músico escribir una partitura vacía; vacía porque el silencio es la mejor música, porque el silencio está para romperlo a base de besos, gemidos, orgasmos y “joder qué bueno ha estado”.

He visto una casa llena de espejos y en todos me he buscado sin encontrarme, me he perdido entre las consonantes de un verbo mal conjugado; me he convertido en esa ola de frío en pleno verano.

He corrido por las calles en plena tormenta, me he refugiado en el primer portal y allí esperé un abrazo y un polvo de estos que dejan cicatrices; pero todo fue un sueño, uno de estos que vienen acompañados de una lágrima amarga y una sonrisa porque menudo abrazo y jodido polvo.

Me he tumbado en la cama y he imaginado tu cuerpo desnudo, acariciandome el pecho, sin decirme una palabra me explicabas las ganas que tenías de empezar a jugar. Cómo las pupilas se empiezan a dilatar y el resto, toda imaginación; se queda corta.

He escrito palabras al viento y jodido momento el mío de escribir, porque ahora viene tormenta y mis palabras acaban sin aeropuerto.

-Enrique Gómez-

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